lunes, marzo 03, 2008

Cuando leo me entran ganas de escribir,
cuando miro, de captar,
cuando escucho, de cantar.

No puedo adivinar ni prometer pero algo está brotando y no es la primavera.

viernes, enero 19, 2007

A través de los siglos,
por la nada del mundo,
yo, sin sueño, buscándote.
Tras de mí, imperceptible,
sin rozarme los hombros,
mi ángel muerto, vigía.
¿Adónde el Paraíso,
sombra, tú que has estado?
Pregunta con silencio.
Ciudades sin respuesta,
ríos sin habla, cumbres
sin ecos, mares mudos.
Nadie lo sabe. Hombres
fijos, de pie, a la orilla
parada de las tumbas,
me ignoran. Aves tristes,
cantos petrificados,
en éxtasis el rumbo,
ciegas. No saben nada.
Sin sol, vientos antiguos,
inertes, en las leguas
por andar, levantándose
calcinados, cayéndose
de espaldas, poco dicen.
Diluidos, sin forma
la verdad que en sí ocultan,
huyen de mí los cielos.
Ya en el fin de la Tierra,
sobre el último filo,
resbalando los ojos,
muerta en mí la esperanza,
ese pórtico verde
busco en las negras simas.
¡Oh boquete de sombras!
¡Hervidero del mundo!
¡Qué confusión de siglos!
¡Atrás, atrás! ¡Qué espanto
de tinieblas sin voces!
¡Qué perdida mi alma!
-Ángel muerto, despierta.
¿Dónde estás? Ilumina
con tu rayo el retorno.
Silencio. Más silencio.
Inmóviles los pulsos
del sinfín de la noche.
¡Paraíso perdido!
Perdido por buscarte,
yo, sin luz para siempre.


Paraíso perdido. Rafael Alberti. Sobre los Ángeles.

Huían los habitantes al finalizar un mes veraniego y yo me sentía solo y perdido en una ciudad extraña, con más palabras que dicha y más ilusión que presente. Han pasado cuarenta y dos meses desde entonces y sigo sin reconocerme entre el asfalto y buscando tras las esquinas pero el ansia y la angustia de aquel agosto desierto se han esfumado entre besos y abrazos. Como las palabras. No sé si encontré el Paraíso perdido por el poeta o quizá, confundido con el hayazgo, me encuentre más perdido que antes y sin edén pero la realidad no es lo que vemos sino lo que creemos y al aFERrarme a una nueva realidad doy por perdida la anterior utopía.

Por eso debo despedirme. Quizá regrese mañana o tal vez nunca. Pero aunque no venga por aquí nada más que de visita, como se regresa al colegio donde se estudió el parvulario, no descanso. Si quieres encontrarme, ya sabes donde estoy: vivo en uno u otro escenario y mis ojos inquietos te mostrarán donde busco, donde me pierdo.

viernes, diciembre 29, 2006

Aliaga (Teruel). Abril de 2006
Mellados los muros las almas desertas la higuera constante reverdece en primavera contra el azul para recordar que hay vida en el olvido.

jueves, diciembre 21, 2006

Miravete de la Sierra (Teruel). Mayo de 2006

sábado, diciembre 16, 2006

Molina de Aragón.

jueves, diciembre 14, 2006

Tan difusa como la frontera del océano se dibujaba la línea que separaba su genialidad de la simpleza. Cada noche resultaba un enigma hasta que sonaban los primeros compases que, como naves sin timón podían arrebatarnos hacia magníficos destinos inexplorados o sumergirnos en un catastrófico naufragio.
Las noches brillantes se transformaba en el héroe de la escena y, aunque los días sin salida nos arrastrase con él a su indescifrable laberinto, no podíamos prescindir del sonido de su clarinete capaz de comunicar al auditorio la opacidad de su lado oscuro y la razón por la que se había convertido en un mito.
Rara vez se expresaba con palabras por lo que resultaba más inquietante aún moverse a su lado en un territorio desconocido para los ajenos en el que él mismo parecía un eterno viajero en busca de una utopía ignorada.
Finalizado el concierto todos recibíamos los laureles del éxito aunque no fuésemos más que pasajeros de aquellas melodías que él construía como balsas de náufrago imprescindibles para escapar de la isla maldita que le atormentaba y le impedía regresar del exilio al que él mismo se fugó para defenderse de un peligro anónimo.
Alguna noche sonrió con los aplausos y esa misma sonrisa repetida en las tardes de ensayo nos llevó a creer que había finalizado su viaje por el borde de la duda. Pero siempre llegaba el día en que desmontaba su instrumento antes de tiempo y reconocíamos que había regresado al punto de partida.

martes, diciembre 12, 2006

Aunque tamizada por las plomizas nubes invernales, la luz se descomponía en miles de chispeantes centellas cuando llegaba al suelo y se reflejaba en las incontables perlas verdes y ámbar que cubrían la cala. También el sonido de las olas al chocar con la orilla se dispersaba reverberando en las paredes acantiladas. No se escuchaba otro ruido en ese rincón, acaso el caminar de los cangrejos apresurados.
No había alcanzado aquella costa por casualidad sino dejándome guiar por las pistas que asaltaron mi paso desde que la soñé cuando sólo era un niño.
Nacido tierra adentro con trigales verdes y dorados por horizonte, la primera vez que vi el mar no sólo me atrapó su azul sino la microscópica composición de la arena que bañaba. Incapaz de sumergirme en sus olas pasé mis primeras horas marinas cribando entre los dedos el misterioso caudal de gotas amarillas mientras analizaba su estructura. De vez en cuando, entre los fragmentos milimétricos de conchas machacadas aparecía un pedazo de botella pulido con paciencia por el perseverante océano que yo guardaba como un tesoro en los bolsillos ya repletos de trofeos.
Después seguí soñando con playas perladas de colores cuando los primeros besos sobre la arena húmeda, en los veraneos de multitudes ruidosas o en los paseos solitarios de mis tardes de otoño. Durante todos esos años de sueños perseguidos logré reunir una colección de migajas de vidrio bruñido por la sal y el viento suficiente para rellenar varios jarrones aunque escasa para dar por satisfecho mi deseo.
Fue este invierno cuando, para celebrar mi jubilación, escapé al norte desoyendo los consejos de prudentes meteorólogos y familiares. Casi olvidado mi sueño infantil escuché hablar por primera vez de una recóndita playa a la que acudían a morir las botellas vacías de anhelos aunque nadie sabía localizarla con precisión. Ni la marejada ni la lluvia racheada me impedían levantarme con el sol para caminar por la abrupta costa inspirado por la proximidad de mi meta.
Aquella mañana, junto a los matorrales que escondían una inaccesible ensenada, encontré una anciana que en su incomprensible dialecto me quitaba las intenciones: “no queda nada, se lo han llevado todo” logré entender. Ignorándola bajé al mar.En vez de recolectar los frutos traslúcidos, me senté sobre el borde húmedo a saborear el instante.

lunes, noviembre 27, 2006

Molina de Aragón (Guadalajara). Abril de 2006
En medio de la triste algarabía
de otras bocas riendo,
de otras bocas besando
de mi boca bebiendo de un trago el infortunio
te echo tanto de menos
que la vida se cuela por el hueco del alma
y me silba en el vientre
como una habitación deshabitada
donde anidan palomas.

Rocío Hernández Triano

miércoles, noviembre 22, 2006

Molina de Aragón (Guadalajara). Abril de 2006
Duerme la imprenta que conoció tiempos mejores.

martes, noviembre 21, 2006

Molina de Aragón (Guadalajara). Abril de 2006