martes, julio 05, 2011

Miedo

Cuando, inesperadamente, sonó el teléfono todas las certezas se arrojaron por la ventana. Todavía no sabía que Sabina nos había escrito una canción pero ya dudaba qué camisa ponerme y una margarita me culpó de su calvicie a pesar de que hasta ayer, sólo deseaba esa llamada.
Ni siquiera fui consciente de que la tarde avanzaba mientras las perchas desechadas se mezclaban sobre la colcha junto a los pétalos interrogados. Sin embargo, no era el color de la prenda el motivo de mi zozobra sino el temor al encuentro.
La mesa del restaurante que nos esperaba tampoco sabía que Sabina le había dedicado un tratado de impaciencia ni yo pude decírselo porque en mi cabeza sólo sonaban los Clash repitiendo machacones la misma pregunta. Muy educado, yo respondía: “sí, debo ir”. Y al estribillo siguiente: “sí, debo quedarme”.
El sol, ya cansado, bostezaba. Por un momento se me ocurrió llamarte y cancelar la cita pero sólo la idea de escuchar tu voz me paralizaba más aún. Iré, me dije y volví al armario. Una estúpida estantería vacía quiso convencerme para que me quedara pero me negaba a admitir que un trozo de serrín aglomerado decidiera mi destino así que cogí la primera camiseta limpia de un montón y salí decidido de la habitación. Me miraste desde el espejo del pasillo reprobando el atuendo y me senté en el suelo.
El sol ya se había dormido y mientras, la mesa que nos esperaba, seguía vacía.

domingo, noviembre 14, 2010

Una preposición indecente

El sol que entraba por la ventana dibujaba en el aire cargado de polvo de tiza una perfecta diagonal que moría sobre los pupitres de la segunda hilera. La profesora de lengua llevaba un buen rato de pie junto al encerado hablando y gesticulando. No estoy seguro de lo que decía porque yo la veía como en una de esas fotografías en las que lo del fondo aparece desenfocado y sus palabras me llegaban como el rumor de los rezos a coro en una iglesia repleta de beatas.


Por el contrario, lograba enfocar con perfecta nitidez el siempre incipiente vello rubio que asomaba en la nuca de Maribel y mis oídos percibían todas las frecuencias que emitía su lapicero escribiendo sobre el cuaderno de rayas. Todo mi universo se concentraba entre ese cuello y su muñeca aplicada y por eso no tenía otra ocupación que demorarme entre su cabello y sus dedos. Dedos obedientes que inmortalizaban sobre el papel las explicaciones.

Por un momento me detuve en el cuaderno. El redondeado trazo de su caligrafía se me figuraba como sus rosados mofletes, perfectos y simpáticos y en cada letra encontraba un pedacito de su cuerpo. La “l”, como su coleta, se alzaba por encima de las vocales mientras que la “u” no dejaba de sonreírme como cuando nos cruzábamos en el recreo.

Así pude enterarme de lo que estaba explicando la profesora: “La preposición es una palabra que relaciona los elementos de una oración”, escribía Maribel en su cuaderno. Entonces comencé a imaginar que ella era un sujeto y yo un predicado que formábamos parte de la misma oración y que una preposición nos unía con tanta fuerza que no lograría separarnos ni una goma de borrar.

“Las preposiciones pueden indicar procedencia, destino, causa, lugar, tiempo…” seguía leyendo en su cuaderno. Quizá esas mismas palabras las hubiera pronunciado segundos antes Doña Jacinta pero mientras yo las escuchaba de su boca como el rumor de un río, leídas en el cuaderno de la chica que tanto me gustaba parecían un paisaje de los que nos enseñaba a pintar la profesora de dibujo

Como quien contempla un cuadro, me perdí entre los bosques que formaban las letras de rasgos ascendentes procurando no tropezar con las raíces de los rasgos descendentes. Camuflado como una coma entre las preposiciones de grafito que se abrían hueco sobre las líneas pautadas del cuaderno no tuve miedo de hablarle así:

Esta tarde,
ENTRE las cinco y las seis, te invito a pasear
POR el parque,
SIN prisa.
BAJO la sombra de los plátanos. Después,
SALVO que tú no quieras, podías venir
A mi casa y te recibiría
CON una merienda
DE pan y nocilla. Nos sentamos
ANTE el televisor,
SOBRE la alfombra
PARA ver esos dibujos que ponen
TRAS las noticias,
HASTA que terminen,
HACIA las siete o las ocho,
SEGÚN los capítulos que pongan.
DURANTE el tiempo que estemos juntos
DESDE que salgamos de clase, voy a tenerte
EN palmitas
MEDIANTE todo tipo de atenciones.
EXCEPTO SI…

Así estaba, pensando en el complemento que pudiera estropear el magnífico plan que le estaba proponiendo a Maribel, cuando el timbre que marcaba el final de clase me despertó de mi ensueño. Sentí como si el cuaderno en el que me había escondido, y desde el que no tenía miedo de hablar, se hubiese cerrado de golpe sacudiendo mi cabeza con las tapas. Desperté atolondrado de mi ensueño observando como los compañeros se levantaban de los pupitres o se tiraban pelotas de papel. Todos chillaban cuando ella se volvió y, sonriendo, me sacó la lengua. “¿En qué piensas, tonto?”, me dijo. “En las proposiciones”, le contesté. Tras una sonora carcajada me replicó: “será en las preposiciones ¿no?”.
“Sí, eso, en las preposiciones indecentes”.

lunes, julio 19, 2010

Competición

Entre el fuego del sol de julio y el griterío de los niños que correteaban alrededor de la pila, la piscina parecía una olla llena de agua a punto de ebullición. En la parte donde más cubría, un grupo de adolescentes presumía alzando sus plumas ante las hembras de la manada.

- ¿Qué dices, chaval? Ni de coña te cruzas la piscina buceando

- ¡Anda que no! y hasta me hago dos largos…

- Pues a mí me dijo el Toni que en su barrio había un menda que lo intentó una vez y tuvieron que sacarle los socorristas porque casi se ahoga.

- Porque sería un mierda pero yo estoy harto de hacerlo.

Las chicas, apartadas del corro de gallos lo suficiente como para oír sin ser oídas, cuchicheaban entre ellas sonriendo de reojo a los muchachos.

- A mí el que me gusta es el Pecas; tiene unos ojitos que me vuelven loca.

- Pero ¿qué dices? Jennifer, ¡si es un parao! Fíjate en los brazos que tiene el Güili.

- Ya, pero es que el Pecas es tan dulce…

El Pecas también miraba a la Jenny con ojos golosos pero pensaba que una tía tan buena nunca querría nada con un canijo como él, que siempre quedaba el último en todas las carreras. Esta -pensó- será una buena ocasión para demostrarle hasta donde soy capaz de llegar. Así que no dudó ni un instante en retar a Güili.

- Te echo una carrera

- Ja, ja, ja. ¿Estás loco, chaval?

- Qué sí, que te echo una carrera buceando de aquí hasta allí, ida y vuelta.

Jenny le dio un codazo a Vero.

- Ahora verás si es un parao o no es un paro. Seguro que se cruza toda la piscina y deja al otro bocazas papando moscas.

- Eso quiero verlo yo.

Los dos machos se retaron mirándose a los ojos y, sin mediar palabra, corrieron hacia el borde de la piscina dispuestos a lanzarse como dos flechas. Güili entró en el agua con una pirueta digna de campeón olímpico ahorrando con su salto casi una cuarta parte del recorrido de ida. El Pecas, sin embargo, resbaló justo en el borde y tuvo que dar gracias de no estamparse allí mismo aunque por culpa del traspiés, tuvo que comenzar a bucear en la misma orilla de la pila.

Todos los chicos se burlaron del tropiezo mientras jaleaban al que prometía convertirse en campeón. Las chicas también reían pero se aproximaron al borde para seguir de cerca la competición. Enseguida se hizo el silencio. Sólo se oían a lo lejos los berridos de los niños pequeños que seguían jugando donde no cubría ajenos al desafío que se disputaba unos metros más allá. Los espectadores contenían la respiración casi tanto como los submarinistas que, a ras del fondo recorrían la piscina con afán.

A pesar de la ventaja inicial de Güili, el Pecas se esforzó tanto que no tardó en ponerse a la zaga del chulito, casi rozándole los pies. Ambos llegaron a la orilla opuesta en un instante que a todos pareció eterno. El musculito giró visto y no visto y, gracias al empujón que dio con los pies en la pared, logró avanzar más de cuatro metros. Tampoco la vuelta del Pecas estuvo mal pero empezaba a sentir la falta de respiración y sabía que aún necesitaría emplear mucho oxígeno si quería acercarse a los pies de su contrincante. Intentó rozar el suelo para avanzar más deprisa pero la cabeza se le hinchaba de aguantar tanto y comenzó a soltar aire por la nariz hasta que se dio cuenta que no le quedaba ni una gota en los pulmones.

El Pecas se jugaba su honor y no podía consentir que el Güili le ganara aquella carrera pero cada vez le costaba más desplazar el agua y no tardó en sentir como si un hormiguero entero le recorriera brazos y piernas. El gresite de la piscina se difuminaba bajo su pecho mientras imaginaba las burlas de la pandilla y, sin embargo, sabía que no podría avanzar ni un metro más sin desfallecer.

Ya sin aire, decidió salir a flote cuando su contrincante apenas era una sombra muchos metros por delante. En ese momento, la distancia del fondo a la superficie le pareció una distancia insalvable aunque intentaba ascender con rapidez. La superficie del agua, como una lupa, hacía parecer al sol brillante un inmenso agujero blanco dispuesto a engullirle.

Cuando, por fin, logró sacar la cabeza y empacharse de golpe con todo el aire que le había faltado antes, miró hacia donde se encontraban sus amigos. A pesar de la visión borrosa por el cloro y la falta de oxígeno, pudo ver claramente la escena: todos los chicos reían a carcajadas señalando al perdedor; las chicas… bueno, las chicas, así en plural, tampoco le importaban mucho; Jennifer, su Jenny, corría a felicitar al ganador aprovechando el momento para acariciar sus musculosos brazos mientras volvía la cabeza para mirar con desprecio al Pecas.

domingo, junio 20, 2010

Dátiles

Había perdido la percepción del tiempo y del espacio, por eso procuraba avanzar manteniendo el sol febril a la espalda para, al menos, no perder el rumbo. Los pies se hundían a cada paso y el viento soplaba en contra golpeando mi rostro con los granos de arena que levantaba.
A pesar del enorme esfuerzo, parecía no avanzar pues en el paisaje ante mí sólo cambiaban las crestas de las dunas peinadas por el siroco y el horizonte solo perdía su frontera amarilla cuando una cortina transparente se levantaba de la arena tórrida para difuminar el azul de un cielo completamente despejado.
De poco servía ahora cuestionarme cómo había llegado hasta allí porque en ese momento sólo importaba cómo salir. Sin embargo, aunque intentaba concentrarme en dosificar mis fuerzas para no desfallecer, mi mente hervía tanto por el calor como por las preguntas sin respuesta. Supongo que fue entonces cuando perdí el conocimiento.
Me despertó el monótono lamento de una voz ininteligible impregnando la oscuridad de la tienda que me acogía. Demasiado arrítmico para tratarse de un canto, supuse que rezaban. Me incorporé sobre el camastro en el que reposaba y miré alrededor: apenas distinguía la silueta de algunos objetos dibujados por el resplandor de la titilante luz rojiza que entraba del exterior y, aunque todo me resultaba extraño, me sentía protegido.
De poco servía ahora cuestionarme cómo había llegado hasta allí porque en ese momento sólo importaba que había bebido y reposado aunque también ignorase mi destino.
Cuando finalizaron los rezos se hizo el silencio. Quise levantarme pero no me dio tiempo porque una figura de elevada estatura y cubierta por una larga túnica oscura se acercó a mi lecho. A través de la ventana abierta del pañuelo que cubría su cabeza descubrí unos ojos azules que parecieron sonreír al verme despierto. Tantas preguntas acudieron a mi boca que se atropellaron unas a otras y no pude expresar ninguna aunque la mitad de ellas quedaron resueltas cuando la figura dirigió su mano derecha al pecho y flexionó ligeramente el tronco hacia mí. Imité el gesto y sus ojos enmarcados volvieron a sonreír.
Mostré intención de ponerme en pie pero con gestos amables me obligó a permanecer tumbado mientras me hablaba en una lengua desconocida para mí. Aunque le repliqué en francés, inglés y español que no entendía sus palabras siguió hablando como si no le importase demasiado. Por el tono de voz y la finura de la piel de sus manos imaginé que se trataba de una mujer aunque nada más veía en su cuerpo que ratificase o desmintiese mi apreciación.
Se dio la vuelta cuando otra figura más alta cruzó el umbral de la tienda y con voz más áspera y ronca pareció reprocharle algo. Discutieron unos minutos y la primera figura salió dejándome a solas con el nuevo personaje que también me habló aunque con un tono menos amable y haciéndome gestos que parecían obligarme a algo que yo no lograba comprender. Me puse en pie pensando que me ordenaba levantarme pero siguió increpándome, parloteando y gesticulando como si estuviese enfadado.
Salió de la tienda sin parar de gastar palabras y seguí sus pasos. Tras la cortina que servía de puerta descubrí un bosque de palmeras protegido por un cielo del color de lapislázuli agujereado de millones de estrellas. Entre el frescor de los árboles, un grupo de personas permanecían sentadas alrededor de una hoguera. La sombra enfadada se incorporó al grupo y los ojos conocidos se volvieron invitándome a unirme al círculo.
Comenzaron a cantar hipnotizantes ritmos acompañándose de rudimentarios instrumentos de percusión y cuerda. Los que no tocaban daban palmas o salían a bailar al centro del ruedo girando sus cuerpos como hechizados mientras dejaban caer la cabeza muerta sobre uno de los hombros. También yo fui invitado a bailar y aunque desconocía los cánticos, repetía sus frases como si fuese un loro, ignorante del significado. Bebían y me invitaron a té dulzón con menta y a un extraño líquido rojizo que no embriagaba pero extasiaba.
Me despertó un monótono galopar. Yacía sobre el mismo camastro y por las rendijas de las mantas que cubrían la tienda adiviné que ya era de día. Me levanté apresurado y vi como se alejaban una decena de caballos blancos montados por jinetes sombríos. Pensé que me habían dejado solo cuando aquellos ojos azules me tomaron por la mano conduciéndome al interior de la tienda.
Me sentó nuevamente en el jergón y se alejó a por algo. Regresó con una fuente llena de dátiles frescos que me fue regalando directamente desde su mano a mi boca. Cerré los ojos embelesado por el sabor para disfrutar más aún de su dulzor pero tras el séptimo dátil sentí que unos labios sustituían a la fruta. Quise abrir los ojos pero con una caricia me los cerró y me recostó en el lecho.
Me despertó el monótono lamento del locutor de un noticiario atronando en el piso de al lado. Me incorporé sobre la cama en que reposaba y miré alrededor. A través de las rendijas de la persiana a medio bajar entraban los rayos perezosos del sol de la tarde y gracias a su luz pude reconocer los objetos de mi dormitorio. Aunque todo me resultaba conocido, me sentía tan extraviado que tuve que volver a mirar en busca de alguna referencia sobre la que apoyarme: sobre la mesilla de noche reposaban media docena de dátiles.

miércoles, abril 21, 2010

Dieciocho

Mi apellido ha marcado mi vida: ni Abascal ni Zurita, me apellido García. El número dieciocho de los treintiseis de la clase. Es decir, ni el primero ni el último. Y aunque, puestos a estar en el centro, podía haber recibido apellidos más exclusivos como Gabarrón o Gallardo, fui a caer en una familia de garcías, probablemente el apellido más extendido en todo el mundo.
Que no me malinterpreten los orgullosos García del orbe, no pretendo quejarme de tan noble linaje sino de mi condición de intermedio pues tampoco en mi familia soy el único García. Aparte, lógicamente, de mi padre, tengo dos hermanos: uno mayor y otro menor que yo y una madre a quienes sus progenitores también adornaron con el mismo apellido. Por si algún lector no lo ha adivinado aún, me bautizaron con el cristiano nombre de José.
“¡José García García!” “¡Presente!”, contestaba tímido cada vez que pasaban lista en el colegio. Siempre esperaba mi turno sabiendo que podía evadirme durante la retahíla de nombres pues desde el primero al dieciocho surgían tantos tropezones en la enumeración de Don Joaquín que me daba tiempo a una o dos ensoñaciones hasta que llamaba a Isidro Gancedo, mi predecesor en la serie y la señal de aviso que me indicaba que debía despertar.
Así me acostumbré a relajarme pues mi posición centrada me permitía anticiparme aunque el profesor decidiera ser original y comenzar por el final. Tanto si pedía los deberes como si preguntaba por sorpresa casi siempre se cansaba siempre antes de llegar a mi posición. Así, más que prevenir, aprendí a improvisar pues comprendí que el rumbo habitual de los acontecimientos puede dar un giro en el momento más inesperado.
En casa sucedía algo parecido. Si mis padres detectaban alguna trastada, culpaban a mi hermano mayor, Antonio, grandullón y un poco torpe o al menor, Luis, tan pequeño como espabilado y siempre con una idea diabólica en la cabeza pero el de en medio, o sea, yo, pasaba completamente desapercibido.
Al principio me preocupaba mi condición gris e intenté superarme pero me di cuenta que siempre sería un corredor de fondo el día que intenté ganar a mis amigos del barrio en una carrera alrededor de la manzana y me reventé a los cinco minutos tras haber corrido en cabeza tan solo hasta la primera esquina. Sentado a la entrada de la panadería mientras echaba el bofe reflexioné que si no me hubiese empeñado en vencer, al menos podría haber llegado sin perder el aliento ni la dignidad.
Terminé el colegio aprobando sin demasiado esfuerzo. En mi libro escolar abundaban los “suficientes”, más de un “bien” y, todo hay que decirlo, algún “notable”. Incluso creo que logré al menos un “sobresaliente”. Tendría que buscar entre los papeles viejos para encontrar en qué asignatura aunque supongo que sería en dibujo porque siempre me evadía pintarrajeando cuadernos.
Mi padre me decía que tenía que estudiar duro para lograr ser ministro con poder o empresario con dinero pero yo le insistía que sólo aspiraba a ser feliz. No me entendía y repetía que con poder y dinero resultaría más fácil encontrar la felicidad. El tutor del colegio le daba la razón porque decía que yo tenía muchas posibilidades y que me bastaría un poco de esfuerzo para alcanzar notas casi tan altas como las de Peláez, el primero de la clase y ojito derecho de todos los maestros pero a mí me bastaba con saber que Martínez y todos sus secuaces estaban mucho peor vistos porque no sólo suspendían todas sino que se dedicaban a pegar a los demás en el recreo.
Claro que, cuando empezaron a salirnos pelitos en los lugares más insospechados del cuerpo, esos mismos que suspendían siempre, fueron los primeros en conseguir los besos de las chicas más guapas del barrio mientras que Peláez y los que le rodeaban como satélites sólo lograban abrir la boca para dejar caer la baba de envidia. Una vez más, mi puesto intermedio me sirvió de gran ayuda. Sabía que jamás podría aspirar a chicas como Verónica o Marta, que perdían el norte por los malos, pero toda una legión de carmenes y marías ponían ojitos cuando yo pasaba por su lado.
Cuando cumplí dieciocho años empecé a salir en serio con Inmaculada. Su nombre le hacía justicia: siempre parecía vestida de domingo. Decía que me quería y besaba mejor que ninguna de las que había conocido hasta entonces pero me dejó antes de cumplir los diecinueve porque insistía en que se aburría conmigo. Lucía, mi siguiente novia, aseguraba sin embargo que jamás se lo había pasado tan bien como desde que salíamos juntos.
Al principio pensé que no había quien entendiera a las mujeres pero enseguida comprendí que resultaba imposible agradar a todo el mundo y que por ello lo mejor era seguir el propio camino sin intentar variarlo para adaptarse a los demás. Sucedió en un concurso de pintura en el que, por supuesto, quedé en segundo lugar. Durante la exposición previa al fallo me camuflé entre el público para escuchar las opiniones y tanta razón aseguraban tener los que defendían la fabulosa expresión que había logrado en aquel retrato como los que se burlaban de mi estilo clásico y poco arriesgado. A pesar de las críticas logré abrirme camino en la pintura; los periódicos no hablaban de mi obra pero me ganaba la vida.
Vivía en un piso con mucha luz en un barrio agradable; ni el ático del barrio señorial que me hubiese gustado ni el cuchitril oscuro al que otros muchos se vieron abocados. Por el luminoso dormitorio de aquella tercera planta pasaron más mujeres de las que me hubiese gustado pero no por afán conquistador sino por mi incapacidad para retener a una que me quisiera durante mucho tiempo. Los amigos que se casaron tras la universidad y hoy cuidan a varios hijos piensan que fracasé pero nunca me sentí solo como le sucedió a Antonio que terminó dejándose el sueldo invitando a todas las chicas que, como él, cerraban los bares de martes a jueves.
Así he llegado hasta aquí, José García García, para contar mi vida a grandes pinceladas. Muchos pensarán que viví de manera anodina y sin sentido mientras que otros, por el contrario, me envidiarán por lo que logrado. Quizá no haya acumulado muchos conocimientos ni desarrollado grandes habilidades pero si algo he aprendido en todo este tiempo es que la percepción varía según el punto de vista y que por muchos éxitos que coseche siempre alguien me superará mientras que yo seguiré aventajando a otros más rezagados. En realidad sé que ninguna posición importa pero por primera vez, después de tantos años, me siento como si hubiese llegado el primero a la meta porque he logrado cumplir mi sueño que no es otro que, como le dije a mi padre, ser feliz.

jueves, marzo 18, 2010

Hormonas

Nunca crecí demasiado. En el parvulario sólo me diferenciaba de mis compañeros en que parecía algo más enclenque pero según fuimos cumpliendo años yo me quedaba canijo mientras los demás se estiraban como chopos junto a un río.
Mi madre insistía en que la leche me ayudaría a crecer pero aunque bebía más de un litro diario seguían confundiéndome con los del curso anterior. Como, además, tenía las piernas cortas, siempre llegaba el último en las carreras de la clase de gimnasia por lo que pronto los más chulos del grupo me bautizaron como “el lenteja”. Así, en femenino, porque al parecer esa legumbre reunía todos los atributos que los otros veían en mí y de haberme llamado lentejo habría parecido que sólo les preocupaba mi escasa velocidad y no pretendían mofarse de mi tamaño ni del oscuro color de mi piel.
Mi abuelo siempre decía “a mí, mientras me llamen para comer, que me llamen lo que quieran”. Sabio consejo, como tantos otros suyos, que yo intentaba seguir sin embargo me molestaba ese mote, no por lo que significara sino porque lo pronunciaban con maldad, intentando herir: “tú, lenteja, tíranos el balón”, “lenteja, te voy a dar una colleja”. A pesar de ello, nunca mostré mi enfado porque no tardé en darme cuenta que les irritaba mucho más mi indiferencia. Además, ¿De qué me hubiese servido rebelarme si la más ligera bofetada de cualquiera de ellos habría dejado grabada en mi cara la arena del suelo del patio?
Por supuesto que a mi madre nunca le conté ni una palabra de esto pero ella insistía en compararme con los hijos de los vecinos y así, cuando se dio cuenta de que las proteínas de la leche no surtían efecto en mis músculos, se le ocurrió decirme que me colgara de las puertas para que mis huesos se estirasen. Nunca supe si se lo había dicho alguna mujer en el mercado o lo había escuchado en uno de aquellos programas de Radio Intercontinental que tanto le gustaban como tampoco sabía si resultaban más molestas las burlas de mis compañeros o encaramarme de lo alto de una puerta como un mono y quedarme así diez o quince minutos. Por eso, en cuanto podía, me escaqueaba y me encerraba en mi cuarto a inventar historias con las pinzas de tender la ropa como protagonistas: si les quitaba el muelle que las mantiene cerradas y separaba las dos piezas de madera, automáticamente se convertían en sendos descapotables en los que yo, tan largo y galán como Gary Cooper, paseaba presumiendo acompañado de una descomunal rubia ante los que me ridiculizaban en el colegio. Claro que por culpa de mi evasión tampoco pude saber si hubiera servido para algo emular a Chita.
De aquella manera fui creciendo… perdón, quería decir que fui cumpliendo años, acostumbrándome a levantar la cabeza para ver la cara de la gente. Resultaba tan habitual ese gesto que no me molestaba porque, al no haber sido nunca alto, no podía conocer otra manera de mirar. Tampoco me sentía inferior aunque mi punto de vista si lo fuese porque sólo seguía quedando atrás en las carreras que, dicho sea de paso, nunca me interesaron demasiado. Cierto que después de Lenteja vinieron canijo, enano, tapón, menguao, u otros más científicos como microbio o ameba pero rondando la adolescencia ya tenía la certeza de que siempre quedaría más cerca de Alan Ladd que de James Stewart y eso no me ocasionaba complejos.
Así fue hasta que las mariposas aparecieron en mi estómago por primera vez. Se llamaba Maricarmen y a simple vista abultaba el doble que yo. Si me situaba a su lado mi cabeza llegaba a la altura de sus incipientes pero apetecibles pechos y cuando imaginaba rodearla con los brazos calculaba que necesitaría al menos otros dos como los míos. Me estiraba cuando pasaba a su lado, cuidaba mi vestuario y me peinaba con gomina para intentar, con el tupé alzado, llegarle, al menos al hombro.
Dudo que estas artimañas sirvieran de algo. Más bien pienso que, como nunca pude competir con la altura y fuerza de mis compañeros, desarrollé una habilidad oculta para conquistar a las niñas de clase. Tan oculta que ni yo mismo sabía muy bien en qué consistía pero el caso es que gracias a ese misterio conseguí que Maricarmen aceptara salir conmigo. Al principio eso parecía lo difícil, que accediera, pero pronto me di cuenta que la verdadera dificultad consistía en pasear con ella. Si le daba la mano parecía mi madre llevándome al colegio, si la intentaba abrazar no llegaba a cogerle la cintura, si caminábamos sueltos me resultaba ajena y distante. En el cine terminaba con dolor de cuello y si se me ocurría intentar besarla necesitaba subirme a un bordillo mientras ella permanecía sobre el asfalto.
De repente acudieron todos mis complejos de inferioridad superados hasta entonces y el problema se me figuraba mayor de pensar en el futuro. ¿Qué pasaría cuando las chicas que me gustaban tuviesen edad para calzar tacones?
Por aquella época, la clase de ciencias comenzó a interesarme casi tanto como las chicas y en cuanto el profesor mencionaba algo desconocido para mí, corría a la vieja enciclopedia de casa o a la biblioteca para ampliar la información. Fue así como descubrí las hormonas, que eran como una especie de medicina que generaba el propio cuerpo para conseguir algo que le interesaba. O sea, algo parecido a las chuletas que me hacía yo para aprobar historia.
Seguí leyendo sobre el asunto cuando, sin esperarlo, encontré la causa de insignificancia corporal: las hormonas endocrinas. Al parecer, ellas se tenían que haber ocupado de que yo creciera pero, por alguna razón ignorada, no cumplían con su obligación. O sea, como cuando mi madre me mandaba a la tienda a por huevos y yo me iba al quiosco del Genaro a comprar chuches y regresaba a casa sin los huevos y sin el dinero. Decidí contárselo. Lo de las hormonas, no lo de las chuches pero me dijo que todo eso eran inventos de los americanos y que lo que tenía que hacer era comer más hígado y dejarme de tonterías.
Como nunca logré tragarme un filete de hígado entero sin vomitar, decidí estudiar medicina. Hoy sé muchas cosas de la hormona de crecimiento humano, como por ejemplo que la produce la glándula pituitaria pero sigo siendo un canijo.
Quizá la culpa la tuviera precisamente mi pituitaria, ocupada en localizar otras hormonas en vez de producir las propias pues después de aquel primer éxito con Maricarmen, descubrí una habilidad especial para localizar las feronomas que producían las chicas que me rodeaban y nunca me faltó una excelente compañera.
Quizá por eso el médico más canijo de todo el hospital es conocido en todos los congresos por caminar siempre muy bien acompañado… y con la cabeza bien alta.

domingo, febrero 21, 2010

La merienda

Sobre el mantel de hilo de algodón se disponían las bandejas cuidadosamente colocadas: Galletas recién horneadas cubiertas de oscuro chocolate aún humeante; pastas crujientes con almendras doradas; tartitas de bizcocho tierno y nata coronadas por frutas del bosque caramelizadas; dulces pestiños bañados en miel que aún conservaba su olor a encina; milhojas rellenas de crema y adornadas con grosellas naturales sobre las que había caído una nevada de azúcar glasé y canela; y unas pequeñas pero atractivas delicias de cereza y café decoradas con pequeñas fresas de Huelva y canutillos de chocolate.
Mis compañeros de mesa comenzaron a probar estas finuras mientras intentaban mantener el hilo de la conversación. Hablaban del último festival de cine, de la nueva novela de fulano o del único disco que publicó, allá por los setenta, ese grupo legendario y que aún hoy sigue siendo una referencia para los músicos actuales. Sin embargo, tras cada opinión defendida, nadie lograba reprimir un adjetivo que elogiase mejor que el anterior invitado la exquisitez de la merienda desplegada sobre la mesa.
Yo miraba con deseo los dulces y examinaba en los rostros de mis compañeros la satisfacción que se dibujaba en sus caras cada vez que probaban un bocado. Antonia ponía los ojos en blanco cuando la nata de las tartitas se desbordaba por sus comisuras; Luis seguía hablando de cine con la boca llena de pasta y las migas se caían por su barba mientras masticaba sin callar; Claudia pasaba varias veces la lengua por la miel del pestiño antes de quitar pequeños bocados a la masa crujiente; Eugenio engullía las delicias de cereza de una vez, casi sin darse tiempo a degustarlas. Así, todos mis amigos gozaban y hablaban de aquellas ambrosías que yo había preparado con esmero y que no podía catar: el médico me lo había dejado bien claro.
Pensé salir de la habitación pero me parecía descortés, por eso, cuando ya no pude aguantar más, me decidí por una milhojas. Sin decir palabra y aprovechando que los demás no se ponían de acuerdo en si el atrevimiento de aquel autor resultaba una osadía o una nueva muestra de su genialidad, deslicé mi mano furtiva sobre la mesa y tomé entre mis dedos una porción de aquel manjar. La conversación alrededor de la mesa se difuminó como una fotografía fuera de foco y los contertulios desaparecieron como por arte de magia. Mis cinco sentidos sólo existían para aquella porción de milhojas: el rojo brillante de las grosellas, la suavidad de la crema en mis dedos, el crepitar del hojaldre reciente, el aroma de la vainilla… pero cuando me disponía, por fin, a satisfacer el deseo y dar placer al quinto de los sentidos, desperté sobresaltado y sudoroso.
Miré alrededor y no había mesa, dulces ni invitados. Sólo un dormitorio silencioso iluminado por el resplandor de la luna que entraba por la ventana abierta. En la cama, junto a mí, descansaba su cuerpo desnudo. Volví a mirarla deteniéndome con deleite en cada tramo de su piel, suave como la nata y ligeramente tostada como la masa del hojaldre. Su cuerpo exhalaba aromas de vainilla y canela mientras a mis oídos llegaban los lentos latidos de su corazón en reposo.
Me quedé un buen rato así, contemplándola en silencio mientras deseaba deslizar mi mano furtiva sobre sus caderas para tomarla entre mis dedos y acariciarla levemente, despertarla con dulzura y llegar hasta sus labios para recordar su sabor. Después me di media vuelta e intenté dormir. No hubiera podido aceptar un nuevo rechazo.

viernes, enero 29, 2010

Cariño, mira...

Cariño, mira, no te enfades pero he comprado un Mopa Aqua Mop Vapor de última generación. Sí, ya sé que hace poco que tenemos la nueva aspiradora, que la elegimos a medias después de estudiar todos los modelos del mercado y leer opiniones de usuarios en varios foros de Internet pero es que, mira, cariño, el Aqua Mop combina la fuerza de su motor con las propiedades del vapor y quita hasta las suciedades más resecas que antes, ni con el aspirador nuevo ni con los paños, por mucho que los metiésemos en lejía, llegaban a quedar limpias.
Ya sé que no querías más trastos en casa, lo dejaste claro cuando vine con el Wonder Cooker, aquel aparato de multicocción que, al fin y al cabo, es verdad que sólo lo usamos cuatro veces; al principio mucho por la novedad y luego terminamos aparcándolo. Sí, vale, también te dije que sería la última cuando aparecí con el Rocket Chef porque me aseguraron que podía sustituir a todos los demás aparatos de cocina, que cortaba mejor que un cuchillo, que mezclaba mejor que una batidora y que hasta podíamos preparar helado ¡con lo que a ti te gusta el helado!
Pero también tú viniste un día con el Power Abs Vibration porque te empeñaste en que se te estaban quedando flácidos los abdominales y te habían dicho las compañeras de trabajo que obtendrías resultados claramente visibles en pocos días y que por fin podrías recuperar la silueta tersa y el vientre plano de cuando nos conocimos y yo me lo tuve que comer con patatas. Ahí está, en el fondo del armario ropero plegable. Y menos mal que ya había comprado yo las Space Bags para organizar de manera más eficiente el espacio, que gracias a ellas logramos reducir las pertenencias a la tercera parte y además están protegidas del polvo que si no, ¿a ver donde narices colocábamos el Power Abs Vibration? Que es que… no logro quitármelo de la cabeza.
Sí, ya sé, te empeñas en que no es lo mismo. Que lo tuyo era una necesidad y lo mío un vicio del que no logro quitarme pero es que para ti nunca es lo mismo lo tuyo que lo mío, que para medirme a mí utilizas un baremo y para ti otro muy distinto. Que tú es que trabajas mucho, que tu jefe te tiene frita, que necesitas evadirte… y que yo soy un insatisfecho que sólo pienso en mí y que no tengo remedio por mucho que lo intente.
Pues ¿sabes lo que te digo? Que sí, que tienes razón y precisamente por eso he comprado la Mopa Agua Mop Vapor. En cuanto la vendedora empezó a explicarme la fuerza del vapor caliente me di cuenta de que lo que teníamos en casa no servía, que en realidad llevaba sin funcionar varios meses. Me miró fijamente a los ojos para demostrarme como se podía utilizar sobre cualquier superficie y cómo era capaz incluso de eliminar las manchas de las alfombras. Cariño, mira ¿Cuándo hemos podido nosotros quitar las manchas de las alfombras? ¿Cuánto hace que no dejamos manchas en las alfombras? Así que no pude negarme y a los pocos minutos estábamos los dos revolcados por el suelo disfrutando sobre nuestra piel de la fabulosa higiene de la Mopa.
Tienes razón, nunca supe decir “no” y por eso tenemos la casa llena de cachivaches, porque nunca he logrado negarme a los atractivos de cualquier vendedora que se me acerque, aunque tampoco tú puedes ocultarme que por la misma razón luces un cutis perfecto y un cuerpo escultural.
Así que, Cariño, mira, creo que debemos quedarnos con la nueva Mopa Aqua Mop porque así el polvo desaparecerá para siempre y, si tú quieres, también los problemas porque no tenemos por qué tirar todo por la borda: podemos seguir utilizando el aspirador que con tanta ilusión compramos juntos.

jueves, octubre 29, 2009

El tomate

Avanzaba el otoño y los membrillos amarilleaban sobre las ramas de hojas pardas. Las calabazas salpicaban de naranja el suelo y en algún rincón húmedo y sombrío asomaba una seta. Los pimientos, en su máximo apogeo, competían en verdor con las lechugas tardías y los sempiternos calabacines. Las coles, orgullosas, ocupaban la mayor parte de los surcos apartando sin reservas a los tímidos tomates que, días atrás, vestían la huerta de lunares colorados.
Uno de ellos, sin embargo, se resistía a marchitarse y mantenía su lozanía, ajeno a la nueva estación. Cada vez que el sol lograba imponerse a las nubes y lanzar algunos rayos sobre la tierra, el tomate rebelde ahuecaba las hojas que lo cubrían para procurarse alimento solar y lograr su deseado rubor.
Al principio, los otros vegetales no le dieron importancia pensando que con los primeros fríos caería de la rama y se pudriría, aún verde, para así contribuir a la mejor fertilización de la tierra fresca pero viendo que pasaban los días y seguía firme en la mata comenzaron a mirarle de un modo extraño.
Las setas, tan acostumbradas a la clandestinidad, no habían visto nunca semejante ser capaz de alimentarse casi exclusivamente de sol y no estaban dispuestas a comenzar a estas alturas una relación que no creían conveniente.
Las calabazas, ya obligadas a compartir al menos un mes con los vecinos colorados, se habían hartado de que por mucho lustre que las sacaran, siempre perdían en cualquier comparación de fulgor. Los pimientos, parientes al fin y al cabo, le toleraban y a los calabacines les daba lo mismo, con lucir su flor de vez en cuando tenían suficiente.
Fueron los repollos quienes iniciaron el revuelo. Algunos argumentaban que les quitaba espacio y otros que siempre les gustó presumir, aunque los más observadores no tardaron en darse cuenta que lo que realmente les fastidiaba es que aquel tomate fuese diferente.
Él no entendía nada. Creía no importunar a nadie con su persistencia y vivía feliz en su rama sin mirar el calendario; fuerte mientras sintiera algo de luz, recogido para aprovechar al máximo cada grado y así intentar llegar al invierno o, por qué no, hasta la primavera siguiente.
Las berzas buscaron cómplices en cada surco, incluso fuera de la huerta, pidiendo a los árboles de hoja perenne que proyectasen sombra sobre aquel tomate atrevido. Con tanto ahínco arengaron a las verduras que formaron un frente común para desplazar al fruto tardío: las plantas invasivas alargaron sus brazos hasta los pies del rebelde, los cedros se interpusieron a los rayos de sol, las lechugas convencieron a los caracoles de que la hoja de la tomatera resultaba más sabrosa y así, una por una, todas las especies de aquella parcela se convirtieron en uno solo con el único fin de apartar al raro.
Nos hubiese gustado contar que el solitario resistió los ataques de la masa, que aguantó en su rama sin pudrirse hasta los primeros calores del año siguiente pero los deseos no siempre se ajustan a la realidad. Las prepotentes coles lograron su objetivo: el individuo discordante fue recluido hasta desaparecer fundido con el mantillo y aquella huerta siguió funcionando según el orden preestablecido.

lunes, julio 27, 2009

No, si a mí lo que de verdad me gusta es el campo; vivir en una casita, no muy grande pero con un terrenito para poder cultivar flores y una pequeña huerta que me dé tomates en verano, mis lechugas y alguna judía verde. Bueno y ya puestos, un par de gallinitas que pongan algunos huevos para el consumo diario o, como mucho, alguno de sobra para poder trocar con las frutas que produzcan los vecinos. Ya sabes, tranquilidad, aire puro, junto al mar, eso sí, levantarme temprano pero sin prisa, desayunar mirando el horizonte, leer un poco, pasear, algo de ejercicio, charlar con la gente…
Tampoco necesitaría mucho dinero, podría vivir de cualquier cosilla que me diera lo justo para ir tirando porque no gastaría en exceso: comodidades pero nada de lujos y sin renunciar a la cultura o los avances de la tecnología.
Pero claro ¿Cómo digo yo ahora en el trabajo que me voy? Justo ahora que, por fin, he conseguido el cargo. Después de los cinco años de facultad, los tres del master, el año posterior de training y el que vino después en la filial alemana para adaptar nuestro mercado a las tendencias actuales. No, por el BMW de empresa no es, podría conformarme con un pequeño utilitario para acercarme a la capital de vez en cuando o incluso moverme en bicicleta… sí, lo que de verdad me gustaría es moverme en bicicleta, una de esas con cestita en el manillar como las que se ven en Holanda.
Pero es que tengo muchos compromisos. Claro, los niños por ejemplo, a ver cómo los saco ahora del colegio bilingüe que les lleva directamente a la universidad y les meto en una escuela rural. ¡Cómo les voy a hacer eso! No, no, para nada soy clasista, en realidad me encantaría que pudieran compartir pupitre con los hijos del cartero…
Y luego está mi mujer. ¿Cómo le digo yo a mi mujer que nos vamos al campo? ¿Tú crees que ella iba a renunciar a sus mañanas de compras por el centro, a sus tardes de gimnasio o a los restaurantes de moda para meterse en un prado con vacas? No, ella no se acostumbraría y, claro, después de tantos años nos tenemos cariño, no nos vamos a divorciar por esa tontería de mis gustos. Y es que no me atrevo ni a planteárselo, ya me imagino su respuesta airada.
Ya ves, si me hubiese decidido por Merceditas, la rubia aquella de las trenzas que no dejaba de sonreírme en el instituto. A Merceditas sí que le gustaba el campo, que se iba todos los viernes al pueblo de sus padres a montar en bicicleta y pasear en burro por el monte. Pero es que Adela… no sé, como que tenía más estilo, más presencia. No es porque sus padres me invitasen todos los domingos al club a jugar al tenis, eso no tuvo nada que ver pero, vamos, que ponías a Adela y a Merceditas juntas y no había color.
¡Ay! ¡Merceditas y sus trenzas! ¿Qué será de ella? Creo que estudió agrónomos o filosofía… no estoy seguro, una carrera de esas sin mucho porvenir. Alguien me dijo que renunció a un puestazo fijo en una multinacional porque no estaba de acuerdo con su política medioambiental. Ya ves… ¡bobadas! Como si yo, con lo reivindicativo que siempre fui, estuviera de acuerdo con la actual política de despidos de mi empresa pero ¿Qué vas a hacer si se reducen los beneficios? ¡Qué una empresa no es una oenegé…!
Merceditas… si es que ya se la veía venir. Seguro que se fue de la ciudad y vive por ahí, en el pueblo de sus padres… ¡plantando lechugas!