Nunca crecí demasiado. En el parvulario sólo me diferenciaba de mis compañeros en que parecía algo más enclenque pero según fuimos cumpliendo años yo me quedaba canijo mientras los demás se estiraban como chopos junto a un río.
Mi madre insistía en que la leche me ayudaría a crecer pero aunque bebía más de un litro diario seguían confundiéndome con los del curso anterior. Como, además, tenía las piernas cortas, siempre llegaba el último en las carreras de la clase de gimnasia por lo que pronto los más chulos del grupo me bautizaron como “el lenteja”. Así, en femenino, porque al parecer esa legumbre reunía todos los atributos que los otros veían en mí y de haberme llamado lentejo habría parecido que sólo les preocupaba mi escasa velocidad y no pretendían mofarse de mi tamaño ni del oscuro color de mi piel.
Mi abuelo siempre decía
“a mí, mientras me llamen para comer, que me llamen lo que quieran”. Sabio consejo, como tantos otros suyos, que yo intentaba seguir sin embargo me molestaba ese mote, no por lo que significara sino porque lo pronunciaban con maldad, intentando herir:
“tú, lenteja, tíranos el balón”,
“lenteja, te voy a dar una colleja”. A pesar de ello, nunca mostré mi enfado porque no tardé en darme cuenta que les irritaba mucho más mi indiferencia. Además, ¿De qué me hubiese servido rebelarme si la más ligera bofetada de cualquiera de ellos habría dejado grabada en mi cara la arena del suelo del patio?
Por supuesto que a mi madre nunca le conté ni una palabra de esto pero ella insistía en compararme con los hijos de los vecinos y así, cuando se dio cuenta de que las proteínas de la leche no surtían efecto en mis músculos, se le ocurrió decirme que me colgara de las puertas para que mis huesos se estirasen. Nunca supe si se lo había dicho alguna mujer en el mercado o lo había escuchado en uno de aquellos programas de Radio Intercontinental que tanto le gustaban como tampoco sabía si resultaban más molestas las burlas de mis compañeros o encaramarme de lo alto de una puerta como un mono y quedarme así diez o quince minutos. Por eso, en cuanto podía, me escaqueaba y me encerraba en mi cuarto a inventar historias con las pinzas de tender la ropa como protagonistas: si les quitaba el muelle que las mantiene cerradas y separaba las dos piezas de madera, automáticamente se convertían en sendos descapotables en los que yo, tan largo y galán como Gary Cooper, paseaba presumiendo acompañado de una descomunal rubia ante los que me ridiculizaban en el colegio. Claro que por culpa de mi evasión tampoco pude saber si hubiera servido para algo emular a
Chita.
De aquella manera fui creciendo… perdón, quería decir que fui cumpliendo años, acostumbrándome a levantar la cabeza para ver la cara de la gente. Resultaba tan habitual ese gesto que no me molestaba porque, al no haber sido nunca alto, no podía conocer otra manera de mirar. Tampoco me sentía inferior aunque mi punto de vista si lo fuese porque sólo seguía quedando atrás en las carreras que, dicho sea de paso, nunca me interesaron demasiado. Cierto que después de
Lenteja vinieron
canijo, enano, tapón, menguao, u otros más científicos como
microbio o ameba pero rondando la adolescencia ya tenía la certeza de que siempre quedaría más cerca de Alan Ladd que de James Stewart y eso no me ocasionaba complejos.
Así fue hasta que las mariposas aparecieron en mi estómago por primera vez. Se llamaba Maricarmen y a simple vista abultaba el doble que yo. Si me situaba a su lado mi cabeza llegaba a la altura de sus incipientes pero apetecibles pechos y cuando imaginaba rodearla con los brazos calculaba que necesitaría al menos otros dos como los míos. Me estiraba cuando pasaba a su lado, cuidaba mi vestuario y me peinaba con gomina para intentar, con el tupé alzado, llegarle, al menos al hombro.
Dudo que estas artimañas sirvieran de algo. Más bien pienso que, como nunca pude competir con la altura y fuerza de mis compañeros, desarrollé una habilidad oculta para conquistar a las niñas de clase. Tan oculta que ni yo mismo sabía muy bien en qué consistía pero el caso es que gracias a ese misterio conseguí que Maricarmen aceptara salir conmigo. Al principio eso parecía lo difícil, que accediera, pero pronto me di cuenta que la verdadera dificultad consistía en pasear con ella. Si le daba la mano parecía mi madre llevándome al colegio, si la intentaba abrazar no llegaba a cogerle la cintura, si caminábamos sueltos me resultaba ajena y distante. En el cine terminaba con dolor de cuello y si se me ocurría intentar besarla necesitaba subirme a un bordillo mientras ella permanecía sobre el asfalto.
De repente acudieron todos mis complejos de inferioridad superados hasta entonces y el problema se me figuraba mayor de pensar en el futuro. ¿Qué pasaría cuando las chicas que me gustaban tuviesen edad para calzar tacones?
Por aquella época, la clase de ciencias comenzó a interesarme casi tanto como las chicas y en cuanto el profesor mencionaba algo desconocido para mí, corría a la vieja enciclopedia de casa o a la biblioteca para ampliar la información. Fue así como descubrí las hormonas, que eran como una especie de medicina que generaba el propio cuerpo para conseguir algo que le interesaba. O sea, algo parecido a las chuletas que me hacía yo para aprobar historia.
Seguí leyendo sobre el asunto cuando, sin esperarlo, encontré la causa de insignificancia corporal: las hormonas endocrinas. Al parecer, ellas se tenían que haber ocupado de que yo creciera pero, por alguna razón ignorada, no cumplían con su obligación. O sea, como cuando mi madre me mandaba a la tienda a por huevos y yo me iba al quiosco del Genaro a comprar chuches y regresaba a casa sin los huevos y sin el dinero. Decidí contárselo. Lo de las hormonas, no lo de las chuches pero me dijo que todo eso eran inventos de los americanos y que lo que tenía que hacer era comer más hígado y dejarme de tonterías.
Como nunca logré tragarme un filete de hígado entero sin vomitar, decidí estudiar medicina. Hoy sé muchas cosas de la hormona de crecimiento humano, como por ejemplo que la produce la glándula pituitaria pero sigo siendo un canijo.
Quizá la culpa la tuviera precisamente mi pituitaria, ocupada en localizar otras hormonas en vez de producir las propias pues después de aquel primer éxito con Maricarmen, descubrí una habilidad especial para localizar las feronomas que producían las chicas que me rodeaban y nunca me faltó una excelente compañera.
Quizá por eso el médico más canijo de todo el hospital es conocido en todos los congresos por caminar siempre muy bien acompañado… y con la cabeza bien alta.